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viernes, 31 de octubre de 2025

El Bufón Trágico: O la Melancolía del Millonario de la Estupidez

(El cinismo es la única armadura que le queda al hombre que ha visto el final de su propia película. La tragedia no es morir; la tragedia es vivir lo suficiente para ser convertido en una comedia de situación).



Hay un momento en el que el artista deja de ser un sujeto para volverse una máscara, una alegoría mediática. El caso de John Michael Osbourne es la autopsia no de un hombre, sino de cómo el show business devora y, peor aún, canoniza a sus monstruos.

El Príncipe de las Tinieblas, ese arquetipo aterrador que Black Sabbath parió en la asfixia industrial de Birmingham, era demasiado real. Su oscuridad, su sonido espeso, su voz de otro mundo, sugerían una fractura existencial que la sociedad de consumo no podía tolerar. La sociedad tolera la fantasía de la maldad (el slasher, el cuento de terror), pero no su honestidad existencial.

¿Qué hizo el establishment? Lo mismo que siempre hace con las amenazas genuinas: lo desarmó transformándolo en un Bufón Trágico.

La mordida al murciélago no fue un acto de rebeldía satánica, sino, en retrospectiva, el casting perfecto para su nuevo rol. Una vez que el hombre fue visto en televisión tropezando con los muebles, balbuceando, incapaz de funcionar sin un guion, se le otorgó el perdón. El sistema respiró tranquilo: el monstruo de los setenta había sido castrado, convertido en una sitcom inofensiva, una mascota mediática que servía para reafirmar la normalidad de todos los demás.

El sarcasmo es evidente: la única forma de ser aceptado como genuino en esta era hiper-regulada es hiperbolizando la propia estupidez, exhibiendo la fragilidad como performance. La melancolía de Osbourne reside en que, para sobrevivir, tuvo que convertirse en la caricatura de sí mismo, permitiendo que la máscara Ozzy consumiera al hombre de Aston.

Y la audiencia, tan cínica como él, aplaude la demolición de su cordura, creyendo ver un espectáculo, no la confesión del precio que se paga por la fama. El verdadero horror no está en las letras de Black Sabbath, sino en saber que el único final feliz que el capitalismo le ofrece al genio es la ridiculización de su legado.


(Si la risa que provoca el payaso es más alta que el grito del hombre, no hemos visto la comedia; solo hemos pagado el precio de la entrada para presenciar una aniquilación).


Capsulas filosóficas para  un libro de "Metal Existencial" (1/10)

martes, 8 de mayo de 2012

La música de fondo del mundo

Arthur Schopenhauer
¿Qué tiene la música que es capaz de hacernos recordar lugares, personas y sentimientos? ¿Cómo consigue pulsar algo dentro de nosotros que nos envuelve en un aura estética y emocional? Se trata quizá de la más espiritual de las artes: es intangible. El instrumento se percute, se sopla, se roza, se pulsa... pero la música... la música es como una hermana del alma. Arthur Schopenhauer (1788 - 1860), uno de los filósofos más pesimistas que ha conocido la faz de la tierra, colocó la música en un lugar insospechado. Podríamos decir que la considera el fondo del mundo


Kant (1724 - 1804) dijo que lo único que podemos conocer científicamente del mundo es lo que se nos muestra (los fenómenos). Si hay algo más allá de los fenómenos (a lo cual él llama noúmeno), no podemos conocerlo científicamente. Por tanto, lo lógico, según Kant, es dejarlo de lado. Todo intento de tratar con el noúmeno se convierte en opinión o como mucho en poesía, nunca en ciencia. De ahí que diga que la metafísica (la que estudia lo que está más allá de lo físico) es imposible como ciencia. Sin embargo, Schopenhauer opina que más allá de lo que vemos, tocamos, etc. hay una fuerza irracional que, en la naturaleza, se manifiesta en sus impetuosos fenómenos naturales y, en nosotros, los humanos, se manifiesta en la voluntad de vivir. Y la llama genéricamente voluntad. Se trata de una fuerza que nos supera, que nos trasciende y es previa a cada individuo. En este contexto, la música tiene la capacidad de traer al mundo fenómenico (el que se percibe por los sentidos) esa voluntad irracional que está debajo de los fenómenos, es decir, el fondo del mundo. Por eso, se puede decir que la música constituye un lenguaje universal, porque expresa algo que está en el fondo de todo y del que todos somos partícipes.


No voy a decir que no sea enrevesado, pero, después de leer a Schopenhauer, uno comprende que la música no son simples sonidos embellecidos: la música toca directamente el alma, o acaso viene de ella. "Detrás de las notas", dice Riccardo Muti en este simpático y profundo vídeo , "habita el infinito... es decir, Dios". 



La sustancia (y no hablo de la película de Demi Moore)

Decía Woody Allen en Interiores  que la vida no imita al arte, sino a la mala televisión. Si el neoyorquino hubiera leído con atención el li...