No deja de tener su ironía que, en la era de la hiperconectividad y los gurús de marca personal, la sabiduría más lúcida nos llegue a través de un muro desconchado y no de un podcast de emprendimiento. Esa pintada es el epitafio perfecto para la generación del "sentimiento de comunidad" vacío.
Ver esa frase es como presenciar el encuentro fortuito entre Jordan Peterson y un punk con resaca en un callejón de Berlín. El "bro" es la unidad de medida de la falsa fraternidad contemporánea; es ese pegamento social barato que intenta ocultar que, en realidad, nadie sabe qué hacer con su propia existencia. Nos llamamos "hermanos" para no tener que reconocer que somos extraños compartiendo un mismo algoritmo.
Me recuerda inevitablemente a esa atmósfera de Fight Club. Tyler Durden nos decía que no somos nuestro puesto de trabajo ni nuestra cuenta bancaria, pero la calle —más pragmática y menos pirotécnica— nos recuerda que tampoco somos nuestro discurso de fraternidad si ni siquiera podemos gestionar el caos que acumula polvo bajo nuestra propia cama. Hay algo profundamente aristotélico en la pintada: la ética comienza en la oikos, en la casa. Si tu microcosmos es un vertedero de calcetines desparejados y restos de comida rápida, tu "bro-ismo" no es más que una proyección de tu propia incapacidad para habitar el mundo.
Vivimos en la tiranía de lo exterior, donde es más fácil salvar el planeta en un tuit que recoger la ropa sucia. El sarcasmo de la pintada radica en señalar esa brecha: preferimos la calidez ficticia de un saludo urbano a la fría y solitaria responsabilidad de poner orden en nuestra psique. Al final, el desorden externo no es más que el mapa de nuestras neurosis internas.
Es curioso: nos pasamos la vida buscando grandes verdades en tratados de mil páginas, cuando la crítica social más devastadora nos estaba esperando en un grafiti, recordándonos que la revolución, lamentablemente para los perezosos, empieza por el detergente.
Qué reconfortante saber que, mientras el mundo se desmorona, siempre habrá alguien dispuesto a darnos lecciones de vida con un aerosol de tres euros, ¿verdad?


