Sobre mí

martes, 19 de mayo de 2026

La sustancia (y no hablo de la película de Demi Moore)



Decía Woody Allen en Interiores que la vida no imita al arte, sino a la mala televisión. Si el neoyorquino hubiera leído con atención el libro VII de la Metafísica, probablemente habría añadido que la televisión contemporánea, en su afán por diluirlo todo en un flujo infinito de transitoriedad, padece un pánico crónico a lo que Aristóteles denominó ousía: la sustancia. Vivimos en la era del accidente, del envoltorio flotante, donde las cosas se definen por su cantidad de "likes" o su cualidad de ser "tendencia", olvidando que, para que algo cambie de color, primero tiene que existir ese algo.

Aristóteles, con esa lucidez quirúrgica que tanto incomoda a la posmodernidad líquida, se plantó ante el cosmos y se hizo la pregunta que hoy esquivamos entre pantallas: ¿Qué es lo que es en tanto que es? Su respuesta no fue un misticismo platónico de ideas suspendidas en un limbo celestial, sino un anclaje radical a la realidad. La sustancia es el sujeto, el sustrato último (hypokeímenon), aquello que no se predica de nada, sino que es el soporte de todo lo demás. Lo que tiene el ser en sí y no en otro.

Para entenderlo sin la aridez del aula —y con el debido respeto al sabio de Estagira— pensamos en la célebre escena de Matrix donde el niño le dice a Neo: No hay cuchara. El budismo mal digerido de Hollywood adora esa disolución. Aristóteles, en cambio, le habría dado un bofetón metafísico al muchacho: la cuchara está ahí, tiene una entidad propia, una esencia que la define como tal (su tó ti ēn eînai o "lo que es ser esto"), independientemente de que la dobles con la mente, la pintes de rojo o la uses para tomar una sopa aguada. El color, el doblez y el uso son meros accidentes; la sustancia es lo que permanece bajo el cambio.

@moviedailyquote

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El drama de nuestra civilización actual es que hemos invertido la ontología. Hoy adoramos los accidentes —el estatus, la apariencia, el último modelo de dispositivo — y tratamos la sustancia humana como un accesorio prescindible. Nos hemos convertido en atributos flotantes que buscan desesperadamente un sujeto al que adherirse.

Al final, definir la sustancia no es más que el intento aristotélico de poner orden en el caos de lo efímero. Es el recordatorio de que, aunque el maquillaje cambie y las luces de la puesta en escena varíen, el actor sigue siendo el mismo. Una verdad incómoda para un mundo que prefiere la comodidad de los filtros digitales a la consistencia del ser.

Después de todo, resulta fascinante cómo nos empeñamos en reinventar el vacío cada mañana, ignorando que ya hace veinticuatro siglos un griego otoñal nos advirtió que, por mucho que cambies la decoración del camarote, el barco sigue estando hecho de madera.

lunes, 30 de marzo de 2026

Una joya de la pasivo-agresividad institucional



Ah, la "zona de coexistencia". El optimismo antropológico de los urbanistas nunca deja de asombrarme; me recuerda a esa escena de Jurassic Park donde John Hammond asegura que tiene todo bajo control, justo antes de que el T-Rex decida que la cadena alimenticia no es una sugerencia, sino un menú.

Aquí tenemos, en el corazón de Porto, el epitafio de la privacidad y el último bastión de la fe ciega en el civismo.

La Ilusión de la Armonía

El cartel nos invita a circular con "cuidado y respeto", una frase que suena encantadora sobre el papel pero que, en la práctica, es tan ambiciosa como intentar que los Capuleto y los Montesco compartan un Airbnb sin que corra la sangre. La "coexistencia" es el eufemismo moderno para el caos gestionado. Es el reconocimiento oficial de que el espacio público es un tablero de ajedrez donde el peatón es un peón distraído y el vehículo es una torre con prisa.

Observen la composición:

El Icono: Un monigote azul que camina con una determinación que solo posee alguien que aún no ha sido arrollado por un repartidor de Glovo en patinete eléctrico.

La Realidad de Fondo: Una paloma —el único ser que realmente domina la zona de coexistencia porque le importa un bledo la jerarquía social— y un niño que corre hacia el borde del encuadre, ignorando por completo que el asfalto es el territorio donde el idealismo del ayuntamiento choca contra la física de los neumáticos.

El Panóptico de la Cortesía

Lo que realmente me fascina es la necesidad de ponerlo por escrito. Si tenemos que recordar a los seres humanos que deben ser "respetuosos", es que la batalla por la civilización ya está perdida. Es la misma energía que desprende el cartel de "Prohibido arrojar basura" frente a un vertedero improvisado; una súplica desesperada disfrazada de normativa municipal.

Vivimos en una época que idolatra la conectividad pero aborrece el contacto. Queremos "coexistir", siempre y cuando el otro no camine demasiado lento frente a nosotros o no respire con excesivo entusiasmo. Esta señal no es una regla de tráfico; es un poema de autoayuda para una sociedad que ha olvidado cómo compartir el oxígeno sin un manual de instrucciones.

Como diría el buen Schopenhauer, el destino de la humanidad es oscilar entre el dolor y el aburrimiento; supongo que estas zonas de coexistencia están diseñadas para que el dolor sea, al menos, un poco más ordenado y estéticamente agradable.

¿Deseas que analice la ironía de algún otro símbolo de nuestra "avanzada" civilización o prefieres que diseccionemos la futilidad del respeto en la era del individualismo feroz?

martes, 17 de febrero de 2026

Menos "bro" y más recoger tu habitación


No deja de tener su ironía que, en la era de la hiperconectividad y los gurús de marca personal, la sabiduría más lúcida nos llegue a través de un muro desconchado y no de un podcast de emprendimiento. Esa pintada es el epitafio perfecto para la generación del "sentimiento de comunidad" vacío.

Ver esa frase es como presenciar el encuentro fortuito entre Jordan Peterson y un punk con resaca en un callejón de Berlín. El "bro" es la unidad de medida de la falsa fraternidad contemporánea; es ese pegamento social barato que intenta ocultar que, en realidad, nadie sabe qué hacer con su propia existencia. Nos llamamos "hermanos" para no tener que reconocer que somos extraños compartiendo un mismo algoritmo.

Me recuerda inevitablemente a esa atmósfera de Fight Club. Tyler Durden nos decía que no somos nuestro puesto de trabajo ni nuestra cuenta bancaria, pero la calle —más pragmática y menos pirotécnica— nos recuerda que tampoco somos nuestro discurso de fraternidad si ni siquiera podemos gestionar el caos que acumula polvo bajo nuestra propia cama. Hay algo profundamente aristotélico en la pintada: la ética comienza en la oikos, en la casa. Si tu microcosmos es un vertedero de calcetines desparejados y restos de comida rápida, tu "bro-ismo" no es más que una proyección de tu propia incapacidad para habitar el mundo.

Vivimos en la tiranía de lo exterior, donde es más fácil salvar el planeta en un tuit que recoger la ropa sucia. El sarcasmo de la pintada radica en señalar esa brecha: preferimos la calidez ficticia de un saludo urbano a la fría y solitaria responsabilidad de poner orden en nuestra psique. Al final, el desorden externo no es más que el mapa de nuestras neurosis internas.

Es curioso: nos pasamos la vida buscando grandes verdades en tratados de mil páginas, cuando la crítica social más devastadora nos estaba esperando en un grafiti, recordándonos que la revolución, lamentablemente para los perezosos, empieza por el detergente.

Qué reconfortante saber que, mientras el mundo se desmorona, siempre habrá alguien dispuesto a darnos lecciones de vida con un aerosol de tres euros, ¿verdad?

La sustancia (y no hablo de la película de Demi Moore)

Decía Woody Allen en Interiores  que la vida no imita al arte, sino a la mala televisión. Si el neoyorquino hubiera leído con atención el li...