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lunes, 30 de marzo de 2026

Una joya de la pasivo-agresividad institucional



Ah, la "zona de coexistencia". El optimismo antropológico de los urbanistas nunca deja de asombrarme; me recuerda a esa escena de Jurassic Park donde John Hammond asegura que tiene todo bajo control, justo antes de que el T-Rex decida que la cadena alimenticia no es una sugerencia, sino un menú.

Aquí tenemos, en el corazón de Porto, el epitafio de la privacidad y el último bastión de la fe ciega en el civismo.

La Ilusión de la Armonía

El cartel nos invita a circular con "cuidado y respeto", una frase que suena encantadora sobre el papel pero que, en la práctica, es tan ambiciosa como intentar que los Capuleto y los Montesco compartan un Airbnb sin que corra la sangre. La "coexistencia" es el eufemismo moderno para el caos gestionado. Es el reconocimiento oficial de que el espacio público es un tablero de ajedrez donde el peatón es un peón distraído y el vehículo es una torre con prisa.

Observen la composición:

El Icono: Un monigote azul que camina con una determinación que solo posee alguien que aún no ha sido arrollado por un repartidor de Glovo en patinete eléctrico.

La Realidad de Fondo: Una paloma —el único ser que realmente domina la zona de coexistencia porque le importa un bledo la jerarquía social— y un niño que corre hacia el borde del encuadre, ignorando por completo que el asfalto es el territorio donde el idealismo del ayuntamiento choca contra la física de los neumáticos.

El Panóptico de la Cortesía

Lo que realmente me fascina es la necesidad de ponerlo por escrito. Si tenemos que recordar a los seres humanos que deben ser "respetuosos", es que la batalla por la civilización ya está perdida. Es la misma energía que desprende el cartel de "Prohibido arrojar basura" frente a un vertedero improvisado; una súplica desesperada disfrazada de normativa municipal.

Vivimos en una época que idolatra la conectividad pero aborrece el contacto. Queremos "coexistir", siempre y cuando el otro no camine demasiado lento frente a nosotros o no respire con excesivo entusiasmo. Esta señal no es una regla de tráfico; es un poema de autoayuda para una sociedad que ha olvidado cómo compartir el oxígeno sin un manual de instrucciones.

Como diría el buen Schopenhauer, el destino de la humanidad es oscilar entre el dolor y el aburrimiento; supongo que estas zonas de coexistencia están diseñadas para que el dolor sea, al menos, un poco más ordenado y estéticamente agradable.

¿Deseas que analice la ironía de algún otro símbolo de nuestra "avanzada" civilización o prefieres que diseccionemos la futilidad del respeto en la era del individualismo feroz?

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