En una escena tan breve como brillante de Ultimátum a la Tierra, Klaatu corrige una fórmula matemática en la pizarra del profesor Barnhardt. No lo hace con superioridad teatral, ni con desprecio olímpico. Lo hace con sobriedad, como quien tiene autoridad… pero no necesita demostrarla.
Aristóteles —sí, ese señor que nunca escribió un guion de ciencia ficción, pero podría haberlo hecho— nos da una clave para interpretar esta escena.
En su Ética a Nicómaco, distingue entre actos motivados por la vanagloria o el poder sobre otros, y aquellos guiados por la virtud: una disposición estable del alma a obrar el bien, en el momento justo, del modo justo y por el motivo justo.
Klaatu podría exhibir su superioridad intelectual, hacer de menos al científico humano o simplemente dejarlo en su error, como una especie de castigo darwinista. Pero elige otro camino.
👉 No actúa como déspota (quien se complace en demostrar que es más).
👉 No busca auto-gloria (quien actúa para que lo aplaudan).
👉 Actúa desde una forma práctica de sabiduría y justicia, lo que Aristóteles llamaría frónesis.
Corrige lo que está mal porque el bien está en juego. Lo hace desde su excelencia, pero no para su excelencia. Es decir: la virtud no es un fin para él, sino un medio hacia el otro.
¿Qué nos dice esto?
Klaatu encarna aquí el ideal aristotélico de quien tiene poder y conocimiento, pero los pone al servicio de una causa mayor. No impone. No presume. No se limita a observar. Actúa, pero con mesura. Interviene, pero sin anular.
El resultado: una corrección que no humilla, sino que construye.
¿Y si esa fuera también una forma de amar?
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¿Alguna vez alguien te corrigió con tanta elegancia que en lugar de molestarte… te sentiste agradecido?
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