Sobre mí

martes, 15 de enero de 2019

"Ámame y no me uses"

La experiencia del enamoramiento es muy curisosa: promete una futura vida feliz y, sin embargo, nos nubla la inteligencia. Una combinación que puede dar al traste con los mejores propósitos. Solo podemos reflexionar sensatamente sobre ella cuando ya ha pasado. 

El cóctel de sentimientos que produce, a veces no deja ver que lo más importante de esta experiencia vital no está en el ahora sino en el futuroEl enamoramiento nos promete una vida feliz, una vida nueva, una vida nueva junto a esa persona. 

Cuando se sella ese enamoramiento con algo tan serio como el matrimonio, con entrega total y definitiva, es cuando se valora verdaderamente a la persona de la que uno se ha enamorado. El valor de una persona es absoluto y así debe ser la entrega. 

El amor es incondicional y sin límites. Por eso san Agustín decía "ama y haz lo que quieras", o que "la medida del amor es amar sin medida". Porque, desengañémonos, cuando hablamos de relación con otras personas o se ama o se usa.

El compromiso en el amor es su misma esencia, porque el que no se compromete utiliza. Y el compromiso es el verdadero inicio de la historia de amor, cuya promesa es el enamoramiento.

Quizá por eso George Nolfi decide en su película Destino oculto (QUE VIENE UN SPOILER) que ese momento de entrega total, el decir sí, confío en ti, delante de la Estatua de la Libertad, debe ser premiado con un nuevo inicio, el inicio de una vida nueva.

Pensar en imágenes

Pensar en imágenes. Filosofía en la publicidadPensar en imágenes. Filosofía en la publicidad by Pablo Redondo Sáez


Se trata de una serie de artículos en lo que se analiza desde el punto de vista filosófico unos anuncios publicitarios que se encuentran en un blog. Los análisis son muy interesantes. Sacan a la luz (que es el genuino trabajo filosófico) aquellos aspectos de los anuncios que están implicitos.

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jueves, 27 de diciembre de 2018

Lujuria, educación y la ignorancia del origen

Me pregunto por qué en nuestros tiempos nos olvidamos de los problemas fundamentales, de las causas profundas de nuestros actos. Quizá no las entendemos, o no son objeto de análisis científico, pero eso no quiere decir que no existan. 
Una joven es asesinada y violada por un hombre en Huelva y nos preguntamos qué ha fallado en el sistema. Nos volvemos a sorprender que las leyes no funcionen. Las fuerzas que empujan a un monstruo a hacer una salvajada no se detienen con una ley ni con dos, ni siquiera con la mejor ley contra la violencia.
¿Quién ha visto a una hiena que no coma carroña? Afortunadamente, al contrario que a las hienas, a los seres humanos se nos puede educar. El problema de la educación (siempre la educación, a la que todos los gobiernos quieren meter mano) no se encuentra en los contenidos de las asignaturas, si siquiera en los más altos valores. Saber valores no nos hace buenos. No somos Sócrates, no hacemos el bien porque sepamos qué es lo que es bueno. Aristóteles tenía razón, las virtudes (que son el camino de la excelencia en el comportamiento), son hábitos operativos. No hay que pensarlas: hay que trabajarlas. No sirve solo con saber para qué sirven y qué es lo que de bueno hay que hacer. Uno se hace estudioso estudiando, uno se hace valiente con acciones valerosas, etc. 
Así que, ¿cómo evitamos que una persona se convierta en un depredador sexual? ¿Atiborrándolo de valores sublimes y palabras bonitas? Ni por asomo. Se consigue con la adquisición de hábitos de conducta y con la corrección (y, si es necesario, castigo) de un educador que le lleve por el buen camino, hasta la interiorización del comportamiento y la automotivación. Cuando se adquiere la virtud, viene también el bien asociado a esa virtud. El valiente descubre el bien de la valentía en el ejercicio del valor, el diligente el bien del trabajo en el ejercicio del trabajo, el estudioso el bien del estudio mientras estudia, hasta el punto que lo que al principio de la educación se aborrecía, con el tiempo puede llegar incluso a gustar y apetecer. Es que hay gente a la que le gusta estudiar. (Hasta ahí podíamos llegar).
En mayor o menor medida, todos llevamos dentro un oscuro pasajero, pero para mantenerlo a raya hay que esforzarse, forjar virtudes, no solo consumir valores. 
Y las leyes (que me perdonen), si no hay una educación de este tipo, sirven para poco.
El cristianismo ha tenido siempre muy clara esta idea: hay 7 pecados capitales que, si no los controlamos o formamos hábitos que los contrarresten, nos van a llevar por la calle de la amargura a nosotros y a los que nos rodean. La soberbia, la avaricia, la ira, la gula, la envidia, la pereza. Son tendencias que llevamos en nuestro interior que, fuera de control, destrozan vidas. 
Y el séptimo es la lujuria. La lujuria es la tendencia instintiva a la búsqueda desordenada del placer sexual. La tenemos dentro y el que no la sienta que levante la mano. Por eso, no basta con saber que hay que respetar a las mujeres (VALOR), hay que trabajar los comportamientos y las actitudes (VIRTUD) de respeto, de amor genuino, de encauzamiento de la energía sexual bajo la recta razón y, por qué no, bajo la ley divina, o bajo el principio kantiano que dice que el ser humano nunca debe ser considerado como medio sino siempre como un fin. 
Trabajo, esfuerzo, dedicación, disciplina, guía externa de alguien más sabio... ¡Qué lindezas! Alguien me podría decir en qué siglo vivo. Pues en uno en el que mueren mujeres a manos de monstruos.

jueves, 13 de diciembre de 2018

¿Quién es el producto?

Me estaba preguntando si somos consumidores juiciosos de la televisión, porque si somos sus clientes, deberíamos exigir... Pero espera, ¡que no somos los clientes! 
El cliente paga por un producto. Nosotros consumimos sin pagar. Eso me hace sospechar que... ¡Ah! ¡El producto somos nosotros! Os hago un esquema:
Tele: proveedor.
Agencia de Publicidad: cliente.
Televidente: producto.
¿Eso quiere decir que los programas de la televisión no están hechos para el bien del consumidor? ¡Ay, qué disgusto me acabo de llevar! Porque eso quiere decir que yo no soy el producto por lo que soy, sino porque pertenezco a un número, un número que en su aglomeración se considera suficiente para ser vendido a una agencia publicitaria
Un programa se diseña en previsión de tener muchos televidentes y se mantiene en antena en la medida en que guarda para sí un buen número de fieles que sintonizan el canal a la hora adecuada.
¡Qué majos! Me ofrecen como producto, pero para que no lo pase muy mal, me entretienen con sus programas.
Todo esto me ha llevado a pensar algo verdaderamente sublime: para los índices de audiencia somos todos iguales; hasta Rufián y Casado quedan igualados delante de la tele. Somos un número para poner en un informe para vender el producto televisivo a las agencias publicitarias ansiosas por colocar sus ingeniosos anuncios. Más ojos, más impactos y más gente comprando en los centros comerciales; así que más lucro para la empresa televisiva, la publicitaria y la publicitada y más hastiados nosotros con tanto producto semiinútil adquirido en los susodichos centros comerciales que abarrotan nuestros muy espaciosos pisos de ciudad superpoblada.
¡Qué maravillosa y paradójica epopeya social en que los agentes del capital nos igualan a todos cual marxistas revolucionarios! "¡Uníos, televidentes!" "Pero sí ya nos han unido", contestaríamos nosotros, "sin nuestro permiso, claro, y en la aurea mediocritas de la despersonalización" (¿Es que se puede encontrar algo más tierno y más progre en nuestra sociedad? O tempora! O mores!, diría Cicerón, o Quo usque tandem abutere; depende.
Sí, sí, Neil Postman, entretenidos hasta morir.


domingo, 28 de octubre de 2018

Perro o persona

Un día llené mi mochila de enseres, dijo el Buscador, y me fui a ver mundo.
Me rodeé de vida, incluso muerta,
y usé la mía adondequiera.
Durante el paseo se me acercó un perro:
"Prefiero", dijo, "a un hombre
como amigo, antes que a otro perro.
De este no aprendo cosa que no sepa,
de aquel veo un universo,
que no alcanzaré, eso lo sé,
pero, al ver uno de estos humanos,
me siento a su lado
y, como desde un mirador panorámico,
me asomo a ese abismo
y contemplo un horizonte profundo,
amplio, diverso, incluso contradictorio,
desconocido para mí, incomprensible.
¿Por qué no seré PERSONA?"

martes, 11 de septiembre de 2018

Lo que debería ser la filosofía

El absurdo por perder en contacto con la existencia.
El texto no es mío, pero lo comparto al 100% (lo del "itinerario" no puede ser más apropiado):

«Es requisito de toda filosofía ser del mundo, en el doble sentido de que hace de la vida de los hombres su objeto de estudio y, por otra parte, respira y crece en el mundo que anhela comprender. Ocurre, no obstante, que en su versión extremadamente técnica y especializada parece haber deteriorado este delicado vínculo y sufre el merecido reproche de haberse instalado en una burbuja artificiosa, lejos de la existencia real.
Y es que la filosofía aspira a hacer un viaje repleto de dificultades. El punto de partida no es otro que nuestro mundo, pero la tarea consiste en algo diferente a seguir despreocupadamente el ritmo cotidiano de la vida, pues se trata del esclarecimiento conceptual de la existencia (una vida no examinada, impermeable a la reflexión, no merece la pena ser vivida, decía Platón), no para alejarse de ella sino para enriquecerla y, al comprenderla, vivirla mejor. El itinerario es, pues, ciertamente singular: no puede tener un punto de llegada muy lejano al de partida. Hay que avanzar ayudándose de conceptos que expliciten la existencia, retornando constantemente a ella para evitar hablar de algo en lo que nadie se reconozca. Si este movimiento conceptual de avance y permanente retroceso al mundo de la vida no se ejecuta convenientemente, la filosofía se convierte en una actividad extraña y condenada a ser incomprendida, pues al que se acerca a ella no le resulta fácil digerir que se le haya anunciado un discurso sobre cuestiones que directamente le afectan cuando luego, decepcionado, no halla rastro de la existencia que suspuestamente tenía que ser esclarecida.»

(Pablo Redondo y Sebastián Salgado González, "Pensar en imágenes", Ediciones Maia 2015)

jueves, 31 de mayo de 2018

Deseo, antropología y publicidad... ¡Usted, compre!

Nuestra capacidad de desear es infinita; y eso lo saben los publicistas. Comprar, comprar, comprar... Como si tal móvil nuevo con 23 cámaras y 250 sensores capaz de ofrecer visión de rayos X fuera a resolver tu vida. Ese potente aparato (¡alarde tecnológico!) no soluciona ningún problema del día a día, pero, si lo compras, alivia el deseo... un rato. ¿Y acaso no estamos rodeados de personas que compran objetos que luego nunca usan, incluida esa persona que vemos cada mañana en el espejo?
En ocasiones los equipos de marketing incorporan antropólogos en sus plantillas. ¿Es que, por fin, un filósofo (o similar) puede servir para algo? Y es que en nuestro mundo, en el que explotan una faceta tan básica, tan rudimentaria, tan obligatoria, tan nuestra, para generar dinero todo vale.

"Ámame y no me uses"

La experiencia del enamoramiento es muy curisosa: promete una futura vida feliz y, sin embargo, nos nubla la inteligencia . Una combinac...