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viernes, 13 de abril de 2012

¡Que baje Dios y lo arregle!


No todos lo dramaturgos griegos y romanos eran tan buenos como Sófocles o Plauto. Algunos necesitaban un curioso recurso, muy socorrido y piadoso, para hacer que la trama de sus obras concluyera. Consistía en la aparición de un dios que imponía orden y concierto. Así, se acababa de forma fácil lo que tenía visos de ser una representación inacabable a corto o mediano plazo. Esta divinidad aparecía en escena traída por una especie de grúa, que la colocaba en medio del escenario. Una vez bien allí, hablaba y ponía a cada uno en sus sitio. Se le llamaba Deus ex machina, es decir, un dios que viene con un aparato mecánico.

Días atrás dijimos que Descartes (1596-1650) había dudado tanto de sus sentidos y de su inteligencia que no podía aceptar la existencia del mundo. Pero, después de “pensar y, por tanto, existir” (pero existir él solo, porque solo se percibe a sí mismo como pensante), trae “a escena” una especie de teatrero Deus ex machina que le saque del embrollo en el que se ha metido. Dice: “Tengo unas ideas muy claras y distintas del mundo. Si es así, es porque Dios las ha puesto en mí. Y Dios no puede engañarme, porque es infinitamente bueno”. ¡Madre mía, Descartes! ¡En qué líos te metes tú solo!

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