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martes, 20 de marzo de 2012

Los mecanismos de la felicidad

Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.) era un gran tío. Además de gran filósofo, insuperable en muchos aspectos, fue, por ejemplo, preceptor de Alejandro Magno.
En su ética a Nicómaco explica los mecanismos de la vida moral del hombre y se basa en realidades muy simples e inteligibles.
Hay un bien, que es el que todo ser humano pretende: la felicidadHay un sujeto que es el que pretende este bien: el ser humano. Entre él y su objetivo hay un trabajo que hacer: este trabajo se llama virtudLa virtud no es más que un hábito (un acostumbrarse a hacer algo) orientado hacia el bien propio, es decir, la felicidad. La virtud, define, consiste en el justo medio entre dos extremos. (Por ejemplo, la valentía es el justo medio entre la cobardía y la temeridad.)
Hay dos tipos de virtudes: las morales y las intelectuales. Cada tipo tiene una virtud  fundamental. Entre las morales encontramos la templanza y entre las intelectuales, la prudenciaSon virtudes un poco genéricas, pero consisten fundamentalmente en lo siguiente: la templanza nos hace contenernos de lo perjudicial y nos impulsa a lo beneficioso; la prudencia, en cambio, nos permite discernir lo perjudicial de lo beneficioso. Como se puede observar, ambas virtudes (ambos grupos de virtudes) no solo se complementan sino que se necesitan mutuamente. El que no es prudente no distingue lo beneficioso de lo perjudicial, con lo cual difícilmente obrará correctamente. Por otro lado, el que no es "templado" (como el hierro, no como la temperatura), aunque sepa lo que le beneficia o le perjudica, no podrá obrar en consecuencia, porque no será capaz. Sus tendencias o instintos serán más fuertes que su determinación.
En definitiva, el hombre feliz, según Aristóteles, es aquel que vive según la virtud, porque discierne lo que le beneficia o le perjudica en orden a la obtención de la felicidad, y es capaz de obrar en consecuencia.

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